lunes, agosto 17, 2009

Todo por su felicidad


Siempre he soñado con ser el mejor.
Siempre he querido pensar en grande.
Siempre he pensando en ser muy inteligente.
Siempre he soñado con ser, como mi papá.
Pero….
Nunca he querido escribir.
No me gusta estudiar.
Me da pereza leer.
Y no quiero entrar a la Universidad.
Solo quiero hacer feliz a mi mamá.
Siempre pensé eso, siempre fue mi lema. Y desde que era un niño con tan solo seis años anhele conquistar el mundo. El problema, el verdadero problema… era que no sabía cómo podía hacerlo. ¿Debía ser Doctor, Profesor, Camionero, Escritor o Arquitecto? No lo sabía y tampoco me animaba estudiar. Así que un día empecé a cocinar.
¿Que debía hacer un niño, para ser feliz?, me preguntaba. Y es que no solo importaba mi felicidad, yo solo pensaba en la felicidad de mi mama. En regalarle a diario papelitos de avión y decirle que ella era mi cielo, tal y como cuenta un gran escritor. O en hacerle dibujos de los dos esperando siempre un nuevo amor.
Recuerdo que ella me decía todos los días: Siempre vas a ser mejor que tú papá.
Y yo no sabía ni quien era mi papa, pero aunque no conocía nada sobre él quería ser como él. Y es que siempre veía a mi mama pensándolo y extrañándolo, así que yo pensaba que debía ser alguien muy importante para merecer tantas lágrimas y tantos pensamientos por parte de ella.
Como venía diciendo, empecé a cocinar y todos los días le hacía galletas de diferentes sabores. Mientras cocinaba ella miraba por la ventana esperando una respuesta. Yo siempre iba hacia ella, le entregaba su galleta, le daba un beso en la mejilla y le decía una frase que había pensando mientras cocinaba.
Desde entonces ella dice que vio el talento en mi, que cada palabra que le dije la revitalizo, que cada oración que forme le abrió el corazón, que cada rima que entone le dio más fuerza para continuar y dejar de esperar esa respuesta que no iba a llegar.
Éramos ella y yo, nuestra casa, mi habitación y su habitación, mis amigos, sus pocas amigas, nuestra familia y bueno… mi colegio. Ya no volví a pensar en mi papa, ya no tenía curiosidad por saber quien era, por saber donde estaba y por saber porque se había ido.
Mi mama ya no lloraba, ni pasaba horas pensando en cómo volver el tiempo atrás. Ella ya no me ocultaba nada.
Entre a Bachillerato y empecé a escribir y escribir. No me importaban los números, no me importaba la Ciencia, ni los animales, ni los dibujos. Yo solo quería escribir.
No tuve muchos amigos, no hablaba con la gente. Los profesores se preocupaban, pero siempre leían lo que yo escribía y me felicitaban.
Mi mama estaba orgullosa de mi, hablaba sobre lo que yo hacia con todas sus amigas y toda nuestra familia.
Un día, el apareció. ¿Por qué?, ¿Para qué?... aun no lo sé.
Recogió a mi mama en nuestra casa y se la llevo a hablar. Tuvieron un accidente que me hizo perder a mi mama, a mi vida entera. Ella no volvió jamás, el se desapareció.
Desde ese día sigo sin saber quién era él, lo único que puedo decir es que no quiero ser como él. No lo odio, pero no lo quiero en mi vida.
Treinta años después, me considero un escritor. No necesito de fama, ni de dinero. Solo sé que a diario en los libros encuentro un mundo fascinante. Un mundo que construí gracias a mi mama.

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